“Cogito Ergo Sum”

Por Pedro Alberto Cabrera Castillo

 

¿Qué hay de seguro en todo lo que yo sé? ¿Son ciertos los conocimientos que yo tengo? 

René Descartes.

 

Crispación, división, polarización y desconfianza son solo algunos elementos que enrarecen el ambiente que priva en la sociedad mexicana; diferentes actores políticos, sociales y económicos se han encargado estos últimos años de alimentar resentimientos, venganzas y envidias de unos y otros.

En México ya no se puede ser exitoso en lo económico, recto en lo político  y noble en lo social, sin que exista un halo de duda, que juzgue cualquier esfuerzo individual o colectivo

Nos hemos convertido en jueces implacables, objetivos y rectos; incapaces de corrompernos al emitir sentencia definitiva, lapidaria e irrevocable. Se es culpable ó inocente, no existe presunción de inocencia o recurso de apelación.

Las Redes Sociales son el jurado calificador, aceptan como pruebas publicaciones que se vierten en comentarios, fotos y vídeos.

Un hashtag (#) se convierte en tendencia y se asume como verdad absoluta, sin consultar su veracidad. Una publicación obtiene cientos o miles de retuits y ya es una opinión válida sin importar el nombre en la cuenta, ni se diga en Facebook, entre más likes tenga una publicación la consideramos como políticamente correcta.

Hoy empiezan a ser obsoletos los “líderes de opinión”, aquellos personajes que a través del televisor, la radio o el periódico moldeaban la opinión pública a conveniencia de intereses políticos o económicos; estos han tenido que emigrar por necesidad y supervivencia a las redes sociales.

Vivimos a plenitud la socialización de los medios de comunicación en plataformas digitales, éstas han permitido democratizar a la opinión pública. Ser visto y escuchado por  followers que avalan y comparten nuestros dichos, en ocasiones sin analizarlos. Nos hemos convertido  en “opinólogos”  de 280 caracteres.

Ya no es necesario el estudio ni la investigación, mucho menos el análisis de los fenómenos políticos, económicos y sociales suscitados a diario en nuestro país, despreciamos a quienes están a cargo de hacerlo, se duda de las instituciones gubernamentales, políticas, sociales, religiosas, educativas, financieras, policiales, judiciales, salud, etcétera.

-No creemos en nada ni creemos en nadie.

-Solo en lo que yo quiero creer.

-Hoy se duda de todo y se duda de todos.

Bien podríamos considerarnos devotos, seguidores y estudiosos del filósofo francés, René Descartes, y su “duda metódica”, la cual es el método y principio para llegar a una base de conocimiento cierto, para lograr fundamentar un conocimiento más extenso del mundo. Así lo describió en el año de 1637 en el Discurso del Método para conducir bien la propia razón y buscar la verdad en las ciencias (Discours de la méthode pour bien conduire sa raison, et chercher la vérité dans les sciences) . 

El objetivo es encontrar verdades seguras, tangibles y fácticas de las cuales no sea posible dudar en absoluto. Verdades evidentes que permitan fundamentar la edificación del conocimiento con absoluta garantía. El primer problema planteado es cómo encontrar esas certezas, y para resolverlo, expone el método.

La cuestión preliminar y fundamental es la de decidir por dónde empezar la búsqueda. La respuesta y el primer momento de este proceso de búsqueda del conocimiento verdadero es la llamada duda metódica. La duda metódica consiste en descartar cualquier supuesto no seguro, del que se pueda dudar. Si esta existe, este supuesto podría ser verdadero o falso. No permitiría construir sobre él el conocimiento“.1

Hay que dudar, se debe hacer en todo lo que creemos y rechazar inicialmente todo aquello de lo que sea posible dudar. Es decir, no admitir jamás ninguna cosa como verdadera en tanto no la conociese con evidencia.

Esta duda no debe ser considerada como real, sino como un instrumento metódico para alcanzar su objetivo: la intuición de una idea clara y distinta, evidente por tanto, sobre la que no exista ninguna posibilidad de duda. Encontrar, en suma, una verdad que pueda ser el punto de partida del edificio del conocimiento.

 



Tres serán los motivos de duda:

-Duda sobre la fiabilidad de los sentidos: existe un gran número de ilusiones y alteraciones perceptivas. Por tanto los sentidos nos proporcionan conocimiento probable, y lo probable es dudoso, debido a esto Descartes no se fía de ellos

-Dificultad de distinguir la vigilia del sueño: tengo sueños tan reales que parecen verdaderos, ¿Cómo sé que ahora no estoy soñando?, alguna vez ha sido engañado por el sueño por tanto tampoco se fía de éste.

-Hipótesis del genio maligno: motivo de duda radical y extremo. Se trata de la existencia de un genio maligno engañador que afecta a las verdades matemáticas.

Esta duda es provisional, un camino para obtener la verdad absoluta y no una vía hacia el escepticismo, el cual no está encaminado a construir o fundamentar una ermita de conocimiento, un pensamiento científico o lo que sea, más bien tiene por objetivo derrumbar el conocimiento o una teoría.

Dicho lo anterior, se necesita dudar de todo, pero con método. Que sean las ideas y reflexiones del filósofo René Descartes, las que nos acompañe en este proceso de hallar la verdad evidente e inagotable, que nos permita discusiones y debates con un mayor grado de complejidad y argumentación; que eviten la descalificación,  diatriba e intolerancia a la hora de confrontarse el uno con el otro.

Es necesario tener a este filósofo francés como aliado, usar como bandera de lucha el “Discurso del Método”, porque si René Descartes Viviera, con nosotros estuviera. 

 

  1. Roger Scruton. Modern Philosophy: An Introduction and Survey. London: Penguin Books, 1994.