Cogito ergo sum

Por Pedro Cabrera Castillo

“No queremos quedarnos en México, queremos llegar a Estados Unidos… Y si Trump nos rechaza, vamos a caminar hasta Canadá”, expresó Celeste de origen hondureño a su llegada al estadio Jesús Martínez “Palillo”.

El viernes 19 de octubre alrededor de siete mil personas entre niños, mujeres y hombres en su mayoría de origen hondureño, rompieron el cerco instalado por la Policía Federal en la frontera entre México y Guatemala.

Entraron al país de manera tempestuosa. Esquivaron gases lacrimógenos y se negaron a solicitar el ingreso legal a través del Instituto Nacional de Migración (INM).

Cuando las oleadas de personas rebasaron la capacidad de transitar por el puente de concreto, las aguas del rio Suchiate no fueron obstáculo, ya no fueron necesarias las balsas de caucho.

Las imágenes y los reportes difundidos por la televisión mexicana tomaron por sorpresa a sus televidentes, a sus conductores y a sus analistas. La Caravana Migrante que se gestó el día 13 de octubre en la ciudad de San Pedro Sula, Honduras, también sorprendió al gobierno mexicano y a sus autoridades.

Los medios locales dieron cuenta de la salida de un contingente aproximado de mil personas que viajaban con destino a los Estados Unidos de Norteamérica, al mal llamado sueño americano.

A 31 días de la irrupción del éxodo migrante conformado por hondureños, guatemaltecos y salvadoreños a territorio mexicano, la tensión aumenta conforme avanzan al cerco fronterizo.

Sin embargo, hay lecciones que aprender de este éxodo migrante:

La primera lección es no ignorar ni minimizar cualquier indicio de migración, individual o masiva, que se geste fuera de las fronteras mexicanas.

Se subestimó la capacidad del ser humano para organizarse y perseguir un objetivo en común. De ser necesario, recorrer cuatro mil 351 kilómetros de distancia que hay entre San Pedro Sula en Honduras a Tijuana en México.

En territorio nacional se polarizaron las opiniones y diferentes sectores de la sociedad mexicana mostraron su verdadero rostro: el de la intolerancia.

Como segunda enseñanza está la falta de contrapesos informativos e investigaciones periodísticas que permitieran la creación de una opinión pública objetiva, libre de prejuicios y tabúes.

En tercer lugar el papel de la televisión, la radio y la prensa escrita para crear e imponer una línea discursiva que justifique la tardía respuesta de un gobierno mexicano incapaz de distinguir y diferenciar entre el irrestricto respeto a los Derechos Humanos Universales y la aplicación de la Ley de Migración que rige al país.

Las redes sociales nos dieron otra lección, en Facebook, Twitter e Instagram se expresó y repitió el discurso xenofóbico, racista y clasista de algunos mexicanos que vale la pena recalcar, no se ocultan en el anonimato. Los mensajes de odio que se leen tienen nombre, apellido y foto de perfil.

Por último la capacidad de otros mexicanos de simpatizar con la causa de la primera Caravana Migrante, muy a pesar del enrarecido y tergiversado ambiente que rodea al éxodo migrante. La ayuda entre seres humanos no distingue sexo, religión, posición social y menos aún, fronteras.

¡Atentos a lo que falta por venir!