Entre Líneas

Lic. Fernando Hernández López

Politólogo

 

 

Uno de los años más turbios y difíciles que ha vivido nuestro país, fue el de 1994, todo inició el 1 de enero con el levantamiento zapatista en Chiapas, el cual coincidió con la entrada en vigor del extinto Tratado de Libre Comercio (TLC).

 

El ambiente político estaba ensombrecido, se vivía cierta incertidumbre a pesar de que en el país se encontraba cierta bonanza económica, pero el 23 de marzo sin lugar a dudas marcó la dirección que a partir de ahí seguiría mi vida. Tenía 22 años de edad, esperaba ingresar en los próximos meses a la Universidad Autónoma Metropolitana para estudiar Ciencia Política, de la cual ya había sido rechazado, pero concluí 4 años después.

 

Meses antes me había integrado al Frente Juvenil Revolucionario, decidido primordialmente por la figura de Luis Donaldo Colosio, quien había ganado mi simpatía después de darle seguimiento por dos o tres años; además, de haber viajado  por el país, lo cual me sirvió para saber un poco de lo que se pensaba y opinaba de él.

 

Pertenezco a una generación que creció en medio de la crisis, vivió en la crisis, comió de la crisis, fuimos los herederos del Movimiento Estudiantil de 1968, el Halconazo de 1971, de la Liga Comunista 23 de Septiembre, de las Olimpiadas, del desarrollo estabilizador, de la literatura de la onda, de Vietnam, de Avándaro, del Santo, del Ixtoc I, de los jipitecas, de un partido político único y de varias décadas en que se pensaba que no podía haber una nueva forma de hacer política en nuestro país.

 

Muchas voces eran calladas o en su defecto cooptadas, es por esta razón que el 2 de Octubre, marcó parte de mi generación, consecuencia de ello se crea el Colegio de Bachilleres y la Universidad Autónoma Metropolitana, instituciones donde tuve la oportunidad de realizar mis estudios, además, del Colegio de Ciencias y Humanidades.

 

Años atrás, sabía hacia donde dirigiría mi vida, lo que deseaba hacer, ya había participado en cuestiones políticas en mis años de estudiante, es entonces que en 1994 tenía claro quién era Luis Donaldo Colosio, el político. Consciente que los otros dos políticos contemporáneos que me habían despertado admiración estaba muertos, Adolfo López Mateos y Carlos Alberto Madrazo.

 

Dos días antes de su muerte, tuve la oportunidad de estar cerca de Colosio en su última gira que realizó por el Distrito Federal y en mi distrito local el XL, el cual abarcaba las demarcaciones de Iztapalapa y Tláhuac.

 

Creo que fueron de las cosas que más pasaban por mi mente la tarde del 23 de marzo, aquel día 21, en esa intensa gira por diversas zonas de aquellas -en ese entonces delegaciones-, pude saludarlo y estar cerca de él, observar el entusiasmo de los asistentes y como estos se arremolinaban para estrecharle la mano.

 

Yo recuerdo que ese día prendí la radio para escuchar el noticiero de Javier Solórzano, transmitido en la tarde, cuando a los pocos minutos comenzaron a decir que momentos atrás en Tijuana habían atentado contra Colosio, se decía que le habían dado “dos balazos”, enseguida prendí la televisión, empecé a buscar en los diferentes canales, casi de inmediato interrumpieron la programación del canal 2, apareció Jacobo Zabludovsky para informar lo ocurrido.

 

Estaba en shock, enojado y triste, así durante horas, sentado vi todo lo sucedido, hasta poco más de la una de la madrugada, cuando el canal trece cerró la transmisión.

 

Sin duda, el momento más impactante fue cuando Liébano Sáenz, salió a decir a los medios de comunicación la fatal noticia, sólo recuerdo que pude decir, “ya valió madre”. Sí, sentí impotencia, coraje, rabia, nostalgia, y entonces, me sentí en la orfandad.

 

Recuerdo que subí a mi recamara y más allá de dormir continué escuchando la radio, hasta las 05:00 horas con la narración de la llegada del féretro al aeropuerto.

 

Me levante antes de las 8 de la mañana y fui por el periódico, necesitaba tener en mis manos las noticias de ese día. Me impactó mucho el llanto de un locutor de radio al hablar del tema. Después de eso, me dirigí a las instalaciones del PRI y de ahí a pie junto con muchas personas hasta la funeraria Gayosso.

 

Me tocó entrar de portazo y ver el desfile de personalidades, desde la familia de Colosio, candidatos y adversarios políticos.

 

Estuve ahí, no sé cuántas horas, hasta que considere que ya era suficiente, estaba tal vez más impresionado por la cantidad de personas que habían llegado y no hablo de políticos, sino del pueblo, no eran acarreados, no eran necesariamente militantes del PRI, pero si quienes creían en el hombre que yacía muerto.

 

La experiencia de esos días, de haber sido testigo de un acto que sin lugar a dudas cambio el destino de nuestro país y que al pasar de los años será un hecho de suma trascendencia, me ha ayudado a ser mejor político, me siento privilegiado en muchas cosas; pero tampoco creo en aquellos que se desgarran la ropa al hablar de Colosio, no quedé satisfecho con la investigación, ni acepto que sólo sirva su recuerdo para actos políticos cada 23 de marzo. Mucho menos me parece que solo sea el pretexto para discursos de aquellos que en su momento lo criticaron y despreciaron; sobre todo de quienes no comparten ni compartieron las mismas siglas, ideales y proyectos.

 

Colosio no es ni debe de ser un capital político que al paso de los años se degrade, se comercialice y pierda el sentido de su valor. Porque de lo contrario pasará a ser una anécdota más en la historia de nuestro país, un pretexto para hacerse publicidad y ganar espacios de promoción.

 

Con Colosio sin duda se fueron los sueños y las esperanzas de toda una generación, pero también se fortalecieron los de otra que en el presente estamos convencidos que murió el cuerpo, pero no así el ideal, no así el sueño de aquel sonorense que el 6 marzo de 1994 en el Monumento a la Revolución nos recordó, para tenerlo siempre presente que “hay un México con hambre y sed de justicia”.