Bordados oaxaqueños en época de COVID-19. Cubrebocas con estilo

por | Ago 5, 2020 | Destacados, Reporte Especial

Mónica Matus, originaria de Chapa de Castro, Oaxaca muestra algunos 
cubrebocas bordados por ella. Fotografía: @chevuk_

Oaxaca es una región conocida por la gran variedad gastronómica, los bailables, tradiciones y esas hermosas coloridas piezas para vestir llamadas huipiles, entre muchas otras cosas son sólo una muestra de la importancia que tiene este estado sureño para toda la República Mexicana. 

 

La Guelaguetza, El Carnaval de San José y Los Matachines en Huajuapan de León, Los Bailes de Velas en el Municipio de Juchitán de Zaragoza dedicado al Santo San Vicente Ferrer, son una pequeña parte de las tradicionales festividades que Oaxaca tiene para todo el mundo. En cada una de ellas se puede apreciar una amplia gama de colores y vestimentas completamente diferentes usadas por los bailarines, coloridos hilos dan vida a flores, aves, paisajes, todos bordados sobre bellas telas por las artesanas manos de mujeres oaxaqueñas, como Mónica Matus, quien en entrevista para Entre Comillas cuenta que desde los 11 años aprendió a bordar y el porqué decidió fabricar cubrebocas. 

 

El contexto de la pandemia despertó la creatividad de “Móni”, pensó en algunas ideas para bordar sobre lo más usado durante esta contingencia, así fabricó un par de cubrebocas, primero para para su pequeña hija y uno más para ella; su pequeño negocio se vio afectado, productos como bolsas, dijes, aretes, mariconeras las tiene guardadas con la esperanza de que en algunos meses ya pueda venderlos. 

 

Fue así como inició con los cubrebocas, los primeros  dos para ella y su pequeña hija fueron un éxito al salir a la calle algunos vecinos le pidieron unas cuantas piezas, cada una a un costo de 100 pesos. Para algunos quizás muy caros. La realidad es que bien podrían ofrecerse en un precio más alto pues están hechos a mano, pero bueno, lo hecho a mano en nuestro país está menospreciado. Es por eso que prefiere vender piezas pequeñas como los dijes o los ya mencionados, porque los huipiles son muy caros y pocas personas pagarían su costo. 

 

Puntualizó que un huipil sencillo, bordado a mano, podría costar dos mil pesos, sin embargo si éste fuera más elaborado el precio tendría que ser más elevado. Tan sólo la mano de obra, es decir, por bordar a mano un huipil en tela normal se debe cobrar en mil 500 pesos, si se tratará de terciopelo en mil 800 pesos, poca diferencia para ser la tela más complicada a la hora de trabajar. 

 

Lamentablemente, como ha sucedido con millones de productos, la pirateria y la fayuka afectan las ventas de los artesanos mexicanos, no importa si bordan a mano, venden piezas de barro o muñecas de trapo, “los productos chino nos perjudican por lo barato, porque se hacen accesibles a la gran mayoría de las personas”, expresó.  

 

“Cómo todo trabajo hecho a mano en México se complica venderlo, aún más, cuando se vive en la Ciudad de México donde la mayoría se ha acostumbrado a consumir lo desechable. Por un lado, lo chino es barato, de por si es complicado vender, ahora es peor si diéramos precios más elevados, las personas ya no lo pagan aunque sean productos de alta calidad o artesanales”, sentenció Móni. 

 

Pero como toda historia, ésta también tiene un origen, el gusto por bordar surgió en Chicapa de Castro, un poblado conocido como “el bordado más hermoso del Istmo”, perteneciente al municipio de Juchitán de Zaragoza, allá al salir de clases ayudaba en casa a preparar la comida, hacía sus labores académicas y más tarde apoyaba a su hermana en el bordado de algunas piezas, en ese entonces tenía 11 años. 

 

Lo primero que bordó fue un hupil de terciopelo. Su tía le obsequió dos pedazos de tela y fue su mamá quien los mandó a unir para formar un huipil. Por lo regular “los primeros pininos” lo hacen en terciopelo porque es un material sumamente difícil de trabajar, una vez que logran dominar la técnica en este tipo de tela, bordar en cualquier otra es mucho más fácil.  

 

“Las manualidades se me dan, mucho mejor que estar en la cocina, por lo regular las mujeres del Istmo sabemos cocinar, pero de estar en el horno a sentarme en el bastidor, mejor el bastidor”, narró Matus. 

 

Bien dice el dicho, “la práctica hace al maestro”, con el paso de los meses, Mónica aprendió y perfeccionó la técnica al bordar con aguja y con gancho o también conocida como aguja gruesa, la diferencia está en la separación o unión de la puntada, en ambos casos, la calidad debe ser excepcional. 

 

 

En ese entonces, su hermana, quien se dedica a bordar y fue su maestra, le pagaba 500 pesos por tres días de trabajo, en ese periodo tenía que bordar seis bolas de hilo, pero si estaba algo mal, por mínimo que fuera el error, su hermana le desbarataba todo y la obligaba a trabajar de nuevo. Oaxaca es un lugar de tradiciones y éstas dictan que la mitad de las ganancias son para el alimento y la otra mitad para guardarlo para cuando llegue el momento de casarse, “las mujeres del Istmo somos muy dadas a comprar oro, el día de la boda llevamos nuestro propio oro y nuestro hupil, todo pagado por nosotras, para presumirle a la suegra“, agregó. 

 

La calidad del bordado no debe fallar, no importa si se hace con aguja o con gancho, lo importante es que las puntadas estén bien hechas; Móni” explicó que la diferencia entre usar la aguja o el gancho es lo cerrado del punto o puntada, enfatizó que con aguja normal la puntada es bastante cerrada, “cuando está bien hecha”; aun así, aunque el bordado se haga con con gancho la puntada debe estar bien hecha. 

 

También, detalló que una forma de darse cuenta si el bordado está realizado a mano o en máquina son por las uniones de los hilos en la parte de atrás de la tela, “por eso creo que es bien importante valorar los costos de mano de obra y de materiales, me gustaría que las personas entendieran que es un producto nacional, bordado a mano”, la dificultad del dibujo determina el tiempo de trabajo, que podría ir desde cinco horas mínimo hasta meses de bordado.  

 

En el contexto actual, “Moní” busca que los capitalinos y los mexicanos en general aprecien lo invaluable de cada pieza elaborada por las manos de los artesanos del país, por eso, a pesar de que todo comenzó como una mera distracción, hoy lo toma más enserio con miras a tener un pequeño negocio lleno de color y arte.